martes, 14 de julio de 2009

Diego Capusotto: Tiempo de descuento (Corto)

Buenísimo corto realizado por este genio del humor.






































lunes, 13 de julio de 2009

Los Tres Chiflados. (De pie señores)

Los Tres Chiflados (The Three Stooges), grupo cómico estadounidense, activo entre 1922 y 1970. El conjunto conoció varias formaciones, y sus integrantes más festejados son mejor conocidos por sus apodos que por sus nombres: Moe, Larry y Curly (Curley en algunas de las presentaciones de sus cortos), Shemp, Joe y Curly Joe. Se hicieron famosos por sus cortometrajes en donde cultivaron una comicidad basada en la violencia física y en el juego verbal. Este género se conoce bajo el nombre inglés de slapstick.


Protagonizaron 190 cortos (de aproximadamente 16 minutos cada uno) para la empresa Columbia Pictures entre 1934 y 1958, los cuales, luego del cine, pasaron a la televisión, medio que los hizo conocer a las nuevas generaciones. Los Tres Chiflados siguen manteniendo en muchos países una inmensa popularidad.

La larga permanencia del trío en actividad (cuarenta y ocho años) se debió no solamente a su popularidad fundamentada en su humor agresivo y verbal, sino en el lamentable hecho de que, por disposiciones contractuales, los Tres Chiflados no fueron propietarios de su obra sino meros empleados a tanto por semana. Esta circunstancia los obligó a actuar incansablemente hasta que las enfermedades, la vejez o la muerte los alejaron del cine.




Historia

El primer chiflado:

Los Tres Chiflados comenzaron con las ambiciones artísticas de dos jóvenes hermanos judíos nacidos en Brooklyn, Nueva York. Se llamaban Samuel y Harry Moses Horwitz y estudiaban plomería (Samuel) y electricidad (Harry) en la Escuela de Artes y Oficios Barón de Hirsch de Nueva York.

Pero el verdadero amor de los Horwitz era el teatro. En 1909, Harry consiguió ingresar en el mundo del cine, siendo contratado como recadero para los actores durante las filmaciones en los estudios de la empresa productora Vitagraph. Su insistencia para que lo dejasen actuar le permitió comenzar a aparecer como extra en películas comerciales, junto a grandes artistas del cine mudo de la época: John Bunny, Walter Johnson, Flora Finch, Herbert Rawlinson y Earle William.

En ese mismo año, Harry conoció a un joven llamado Ted Healy. Este estaba también interesado en ser comediante, y, luego de hacerse amigo de Horwitz, buscaron trabajo juntos. Tres años más tarde fueron contratados para participar en el acto de danza acuática de Annette Kellerman como "bailarinas". Trabajaron en ello todo el verano de 1912. Sin embargo, el acto terminó trágicamente cuando una de las bailarinas falleció a causa de un accidente.


El segundo chiflado:

El hermano de Harry, Samuel, decidió seguir sus pasos y, entre los dos, intentar ingresar al mundo del espectáculo al menos como aficionados. Los dos hermanos comenzaron a hacer actos de vodevil no profesionales, tomando los seudónimos que los harían célebres: Harry Moses pasó a llamarse Moe y Samuel se hizo llamar Shemp. El apodo de este último proviene de que su madre, con fuerte acento europeo, pronunciaba "Shemp" cuando intentaba llamarlo "Sam".


Se completa el trío: primeros pasos profesionales.

En 1922, cuando Shemp tenía 27 años y su hermano 25, se reencontraron por casualidad con Ted Healy, a quien no habían visto durante años. Healy ya había logrado lo que los hermanos Horwitz deseaban: ser un cómico profesional. En aquellos tiempos trabajaba en un teatro de Brooklyn protagonizando un vodevil. Como Ted tenía papeles vacantes en su número, propuso a Shemp y Moe que se unieran a su compañía, sugerencia que aceptaron de inmediato. El éxito fue tal que Healy rebautizó a su número llamándolo Ted Healy y sus Caballeros Sureños (Ted Healy and his Southern Gentlemen). Poco tiempo después volvió a cambiar el nombre del grupo a Ted Healy y sus Chiflados (Ted Healy and his Stooges), cuando Shemp y Moe comenzaron a cobrar protagonismo. Otros nombres con los que se los conoció en esa época fueron Ted Healy and the Racketeers y Ted Healy and his Gang. A esta altura, los dos actores principiantes anglicanizaron sus apellidos de Horwitz a Howard, y a partir de entonces se los conoció como Shemp y Moe Howard. Como se ve, también había nacido el nombre del grupo, con el sustantivo Stooges ("peleles"), que en el mundo hispano se tradujo como "chiflados". Healy y sus Chiflados trabajaron juntos por más de diez años.

Tras un corto período fuera del negocio del espectáculo, Moe regresó con Healy y su hermano Shemp, a tiempo para presenciar, en 1925 la llegada de un nuevo integrante: otro joven judío llamado Louis Feinberg, que tomaría el nombre artístico de Larry Fine ("Larry").

Además de trabajar en el vodevil, Healy y sus Chiflados consiguieron ingresar al cine con la comedia de 1930 "Sopa para los locos" (Soup to Nuts), de la Fox (precursora de la 20th Century Fox). Poco después, Healy se retiró del vodevil llevándose consigo a Moe y Larry, pero Shemp decidió permanecer en el show. A partir de allí, Shemp protagonizó incontables comedias en teatro y cine, fue secundario en numerosas series y fue contratado por la RKO, la MGM, la Universal y Monogram Pictures, entre otras.







La llegada de Curly:

Healy y sus Chiflados echaban en falta el talento de Shemp. En vista de ello, Moe propuso a Ted incorporar al acto al menor de los hermanos Howard, Jerome Lester Horwitz, a quien todos apodaban "Babe". Babe tenía 31 años y lucía un largo cabello castaño y rizado y un enorme bigote. Cuando Healy lo vio por primera vez, le sugirió que su futuro papel podía beneficiarse de una buena afeitada, a lo que Babe accedió, eliminando el bigote y rapándose la cabeza al cero. Así nació el personaje de Curly ("Ricitos") con que la posteridad lo recordaría para siempre. Healy, Moe, Larry y Curly, participaron en diez películas para la MGM (siete en 1933 y tres más en 1934) y en una para la Universal en 1933. Uno de los filmes más famosos en los que intervinieron fue Dancing Lady (La Bailarina), que protagonizaron Clark Gable y Joan Crawford.

La primera integración del trío, con Moe, Larry y Curly fue vista por primera vez en el cortometraje musical "Woman Haters", de 1934, conocida en Latinoamérica como "Los odiamujeres". Durante doce años ésta fue la formación que en opinión de la mayoría de los aficionados al grupo produjo las mejores obras de éste, con libretos más sólidos y situaciones más hilarantes. Sin embargo, a mediados de los '40, cuando comienza a manifestarse como un obstáculo la vida rumbosa y el alcoholismo de Curly, los estudios Columbia comenzaron a realizar remakes o segundas (y hasta terceras) versiones de cortos anteriores, tomando prestadas tomas o escenarios previamente usados, e incluso haciendo aparecer en pantalla a intérpretes secundarios ya fallecidos.

Entre 1941 y 1945, Los Tres Chiflados, como otros tantos artistas de Hollywood, se sumaron al esfuerzo de guerra y a las películas de tono propagandístico durante la Segunda Guerra Mundial. Testimonio de ello son cortos como They Stooge to Conga (1943), e incluso, la curiosa You Nazty Spy! (1940, donde aparece la primera parodia hollywoodense de Adolf Hitler, interpretada por Moe, anterior en varios meses a El gran dictador de Charlie Chaplin, e incluso a la entrada de los Estados Unidos en el conflicto).


Vuelve Shemp:

En 1946, durante la filmación del corto número 97, Curly sufrió un ataque de hemiplejía que forzó su reemplazo por su hermano Shemp, quien había actuado también tanto para Columbia, a veces en solitario, y otras acompañando a cómicos hoy casi olvidados como Andy Clyde, como para la Universal, donde fue actor secundario de Abbott y Costello. Curly fallecería en 1952.

Entre 1947 y 1955, e incluso más, como se verá, Shemp actuó junto a Moe y Larry en 77 cortos más, brillando con luz propia y aportando su experiencia actoral y sus amplias dotes de comediante. Durante 1951, el trío filmó Gold Raiders, un mediometraje situado en el Oeste y dirigido por Edward Bernds, el realizador de varios de sus cortos. En esta cinta para United Artists, fueron coprotagonistas junto a George O'Brien. En 1953 el grupo filmó algunos cortos en tres dimensiones, como Pardon my Backfire y Spooks, los cuales fueron presentados con una gran publicidad.

Sin embargo, los estudios Columbia llevaron casi hasta el hartazgo las remakes de versiones anteriores durante este período. La sorpresiva muerte de Shemp, en 1955, no detuvo esta tendencia, sino que incluso provocó situaciones grotescas, ya que la muerte del actor, totalmente inesperada y que amenazaba poner punto final al trío, no fue aceptada fácilmente ni por los sobrevivientes de éste ni por la empresa, ya que por contrato quedaban pendientes cuatro cortos por filmarse. En estos cortos de los años 1955 y 1956, el actor secundario Joe Palma personificó a Shemp, escondiendo el rostro de la cámara o desapareciendo inexplicable o sorpresivamente de la acción, ya de por sí muy resentida a causa de la debilidad de los libretos y del montaje de las propias versiones.

El talento de los Tres Chiflados fue utilizado por aquella época de la Guerra Fría también en películas donde se caracterizaban en forma bastante vasta a personajes de "potencias extranjeras", como el que encarnó Gene Roth en "Dunked in the Deep (1949) y su remake "Commotion on the Ocean" (1956), donde sus rasgos representaban, con poco disimulo, a los del líder soviético Iósif Stalin.






Aparecen los Joes:

En 1956, Joe Besser (ex actor secundario de Universal, 20th Century Fox, Warner Bros. y Columbia, entre otros), que también había aparecido, incluso junto a Shemp, en filmes de Abbott y Costello, fue el tercer integrante que mantuvo al trío en actividad hasta el cierre del departamento de cortos de Columbia, a fines de 1957. Los libretos fueron en el período aún más flojos, sin contar alguna ocasional remake, lo cual, unido al humor excesivamente blanco y amanerado de Besser, hizo que las 16 películas del trío fueran de una notoria medianía. Sin embargo, un punto a favor de Joe es que con su personaje nunca trató de imitar a Curly o Shemp, siempre desarrolló su propio estilo. Prueba de ello son sus célebres frases: "¡Eso duele!", "¡No tán rápido!" o "¡Eres un loco!". con las que invariablemente respondía a los abusos del irascible Moe. Fue uno de los pocos en tomar represalias contra el líder flequilludo. Por sugerencia del mismo Joe, en algunos cortos a Moe y Larry se los ve con el cabello peinado hacia atrás, haciéndolos tener una apariencia más "normal". Una enfermedad de su esposa Ernie le impidió a Joe ir de gira con los muchachos, por lo que se produce su salida del grupo.

A partir de 1958 y hasta 1970, Curly-Joe DeRita sustituyó a Joe Besser en varios largometrajes para Columbia donde los Tres Chiflados aparecieron en este período: "Have Rocket, will Travel" (1959), "The Three Stooges meet Hercules" (1962), "The Three Stooges in Orbit" (1962), "The Three Stooges go around the World in a Daze" (1963) y "The Outlaws IS Coming! (1965), en éste último compartiendo cartel con Adam West, el futuro Batman. Durante 1961, en medio de un litigio con su estudio, filman para la 20th Century Fox "Snow White and the Three Stooges", la única película de los Tres Chiflados en colores y la más cara, ya que su presupuesto final rondó los tres millones y medio de dólares. También figuran en la gran superproducción de 1963 El mundo está loco, loco, loco, donde hacen un cameo como bomberos, y en 4 for Texas (1964), película de Frank Sinatra que los muestra en un sketch junto a Dean Martin. En 1965 se produjo una serie de dibujos animados con sus personajes, para la que los mismos Chiflados proporcionaron las voces e incluso filmaron separadores en vivo (en colores): la serie se llamó "The New 3 Stooges". Finalmente, la salud de Larry le jugó una mala pasada en 1970, cuando tuvo una hemiplejia que lo dejó imposibilitado de trabajar nuevamente, en plena filmación del piloto en colores para televisión Kook's Tour. Ya para esta época aparecían ante las cámaras notoriamente envejecidos, y poco graciosos para sus seguidores.

A pesar de no haber contado nunca con el respaldo de la crítica más académica, los Tres Chiflados fueron y son inmensamente populares en muchos países del mundo, donde su humor no ha envejecido y donde aún se disfruta de su comicidad.

El publico latinoamericano, en particular, conoció al trío a través de las versiones con doblaje al español realizadas en México hacia 1961, las que han venido siendo exhibidas desde entonces en varios canales de televisión (abierta y para abonados) de la región. Actualmente, en la Argentina, se ve por Telefé todos los días por la mañana (entre las 10:30 y las 11:00 hs), y por los canales de cable Retro y TCM, para toda Latinoamérica. En Montevideo, por el canal 12 de televisión abierta.

Los actores que doblaron la serie para Latinoamérica fueron Sergio Barrios (Moe), Polo Ortín (Larry), Santiago Gil (Curly) y Julián de Meriche (Shemp).

Junto a los Tres Chiflados actuaron algunos cómicos de segunda fila que habían conocido grandes épocas, como Bud Jamison y Chester Conklin (que habían actuado junto a Charlie Chaplin años antes), Snub Pollard (que lo había hecho junto a Harold Lloyd), Walter Long (secundario en El nacimiento de una nación de David Wark Griffith; presente en varias de Laurel y Hardy), Vernon Dent (quien fuera del grupo de Mack Sennett y actuara con Harry Langdon) y otros que con ellos se iniciaron, como Lucile Ball, Christine McIntyre (la rubia casi omnipresente en la era de Curly y Shemp), Emil Sitka y Gene Roth, y otros que incluso habían representado papeles "de carácter" en el cine no cómico, como Symona Boniface y Gino Corrado (quien es claramente reconocible en Ciudadano Kane, de Orson Welles).





Últimos años:

Curly-Joe, junto a Paul "Mousie" Garner y Frank Mitchell, participó en un espectáculo llamado "Los Nuevos Tres Chiflados", pero sus apariciones fueron algo escasas y su éxito no se comparaba al obtenido por los primeros largometrajes del trío, por lo que tuvieron que suspender las actuaciones.

En 1975 murieron Larry y Moe, en los meses de enero y mayo respectivamente. Este último había participado de giras y hecho apariciones en universidades hasta poco antes de su deterioro físico y de su consiguiente fallecimiento. Larry, en cambio, ya había sufrido una hemiplejia y se encontraba recluido en un asilo desde hacía unos cuantos meses. Joe Besser moriría trece años más tarde, en 1988 y Joe DeRita en 1993.


Efectos de sonido:

El uso de efectos de sonido representó un ingrediente importante para complementar las carencias y los espacios en blanco dejados por una era en la que los efectos especiales dejaban mucho que desear. Un buen ejemplo sería cuando Moe golpea con un martillo a sus compañeros chiflados, algo que se conseguía al impactar esta herramienta contra un objeto macizo o rígido, dando a entender al televidente que los personajes eran cabezadura o, en muchos casos, incluso huecos de cerebro. Los tambores se usaban para ocasionar el sonido producido ante el golpe ficticio a las zonas bajas del cuerpo, y el violín hacía lo propio para representar al típico piquete de ojos. Cuando determinadas extremidades como los dedos de las manos o de los pies, o la misma nariz eran mordidas, pellizcadas o presionadas, un ruido parecido al ocasionado tras partir una nuez acompañaba de fondo.

De alguna manera, el ingenioso uso de estos efectos de audio fue lo que propició, en gran medida, el éxito del espectáculo, ya que el prescindir de ellos podría haber desembocado en algo monótono y prejuzgado de violento.


Éxito mundial:

La fama que alcanzó el trío que se lució por primera vez con el emblemático Ted Healy allá por el año 1930, y que tuvo su mejor época en las décadas de 1940 y 1950, no solo marcó un antes y un después en el cine clásico y en la comedia épica, sino que supuso un fuerte impacto que no conoció ni conoce de tiempos ni de modas, ni mucho menos de humor y entretenimiento de primera clase. Los Tres Chiflados, originalmente compuestos por Shemp, Larry y Moe, tuvieron en su haber a seis talentosos comediantes que contribuyeron con un estilo especial y característico que supo llamar la atención de un espectador que recibió de una forma simple pero innovadora, lo mejor de la comedia jocosa, atrevida y violenta.

Para muchos televidentes, Curly fue el más infantil y natural de todos los chiflados que actuaron junto a Larry Fine y a Moe Howard. No obstante, Shemp fue un gran favorito del público, y prueba de ello es el rating del que gozó la serie mientras realizaba sus apariciones en escena, tanto antes como después de la aparición de su hermano Curly. Entre 1950 y 1955 (exceptuando 1952), los Tres Chiflados recibieron el Laurel Award, premio a los cortos más taquilleros. Poco antes de la muerte del menor de los Howard, Shemp recibió ofertas para regresar a la pantalla y así evitar el declive del programa. Lo cierto es que pese a su reaparición escénica, no tardaría mucho en abandonar su papel cuando la muerte le sorprendió en 1955.

Joe Besser supondría una salida a flote en medio de una crisis que no pudo ponerle fin a las pretensiones de Moe y sus colaboradores. Junto a él, los Chiflados volvieron a reiterar antiguos episodios así como numerosas tomas en las que Joe ocupaba el lugar que anteriormente habían tenido Curly y Shemp. Por otra parte, la llegada del último actor, Joe DeRita (Curly-Joe), no pudo menos que acompañar el cierre de una emisión televisiva y cinematográfica protagonizada por los ya envejecidos y limitados Larry y Moe.

Pese al fin de los Chiflados, el programa sigue siendo emitido en numerosos países alrededor del mundo y en un sinfín de lenguas y culturas. En este sentido, el éxito ha sobrevivido a sus máximos responsables y ha provocado una vasta cantidad de alusiones en películas y series de televisión a lo largo de los años.

El 20 de agosto de 1983, por fin se hizo justicia y los Tres Chiflados recibieron su estrella en el Camino de la Fama de Hollywood. Ante 3000 personas, Joe Besser pronunció un conmovedor discurso y recibió la distinción en nombre del grupo, ya que Curly Joe DeRita se encontraba enfermo.

En 1985 se rodó un largometraje llamado Stoogemania, aunque no consiguió el seguimiento esperado. Años más tarde tuvo lugar una multitud de homenajes a la memoria de los Chiflados, y hasta una recopilación de los mejores momentos del show y de sus protagonistas, con un análisis pormenorizado de la vida de cada uno de ellos.





Curiosidades y anécdotas:

* Harry Moses Horwitz, más conocido como Moe Howard, era quizás el más astuto del grupo. Contrariamente a su hermano Shemp Howard y a su amigo de escena, Larry Fine, era dedicado al orden, al negocio y a las relaciones públicas. Siendo uno de los hijos menores de Solomon Horwitz y de su señora esposa Jennie, Moe era el protegido de su madre y el dolor de cabeza de su padre. Como bien comenta en la siguiente cita, el actor seguiría los pasos de sus dos hermanos mayores, Irving y Jack:
Después de tres hermanos, yo tenía que ser una niña...de todas formas mi madre siempre decía que era un bebé precioso, y que acabaría por ser el más inteligente.

* Luego, habla de su hermano Samuel (Shemp) y lo describe como "un llorón", inquieto, haragán y revoltoso. A la hora de trabajar, siempre sufría de alguna convalecencia.

* No menos llamativos eran los letreros que Moe pegaba en su frente para que su hermano Curly memorizara el guión durante el rodaje. El problema llegaba cuando Moe no participaba de la escena: entonces se paraba detrás de la cámara a la que Curly estaba obligado a dirigirse. Shemp, por otra parte, era paranoico y reacio a conducir en coches o incluso a viajar en ellos.

* "Three Little Pigskins, nuestro primer film de fútbol americano, fue una maravilla de golpes y raspones. La joven Lucille Ball estaba excelente en el papel de la novia de un pistolero. En una escena, Curly corre a lo largo de la orilla de la cancha para hacer un tanto, mientras Larry y yo lo bloqueamos. (Debo mencionar que todos los jugadores, salvo nosotros, eran de la Universidad de Loyola. Sabían cómo hacer un tackle y lo hacían con fuerza.) Durante la carrera por el tanto, los cuatro fotógrafos periodísticos (actores) que estaban a los costados de la cancha, trataban de que nos detuviéramos para tomar una foto, momento en el cual Curly, Larry y yo éramos aplastados por todo el equipo de Loyola. Los muchachos y yo revisamos la escena y no podíamos ver sino problemas con aquellos monstruos de más de cien kilos aterrizándonos encima. Larry llamó al director Raymond McCarey y dijo: 'Mira, no podemos hacer esta escena. No somos dobles y si uno de estos gorilas nos cae encima, no podremos terminar la película. Nunca antes utilizamos dobles, pero los necesitamos ahora'. McCarey nos dijo: 'Escuchen, muchachos, ustedes saben cómo caerse. Ya se han caído bastante. Me llevará horas encontrarles dobles. Además no podemos costearlo. No se preocupen, no se lastimarán'. Estuve de acuerdo: 'Ya lo creo que no nos lastimaremos. No haremos la escena'. Cuarenta y cinco minutos después McCarey tenía los tres dobles en el campo de juego y diez minutos más tarde estaban con el uniforme, portando pelucas conseguidas por el encargado de producción. Entonces los jugadores de fútbol cargaron hacia nosotros. Los cuatro fotógrafos gritaron: 'Un momento para una foto', y nos detuvimos para posar. La cámara cortó y se movió en una toma larga mientras entraban nuestros dobles. Todos los jugadores, incluyendo los dobles, aterrizaron formando un racimo humano sobre los fotógrafos. Cuando pudieron respirar, dos de los dobles tenían las piernas quebradas, los cuatro fotógrafos tenían brazos o piernas fracturadas, y todos terminaron en el hospital: salvo el doble que hacía de Curly. Tenía relleno en todo el cuerpo para parecerse a Curly y el relleno absorbió los golpes. McCarey estaba mudo, sentado en la silla del director, tomándose la cabeza con las manos".

(MOE HOWARD, tomado del libro MOE HOWARD AND THE THREE STOOGES)


* "El dinero de tío Curly tenía sus prioridades. Primero, iba a parar a los perros, después a los autos y las casas nuevas, y lo que quedaba lo derrochaba en juego y noches en el centro con su grupo de amigas. Mi hermano Paul y yo nunca olvidamos la increíble cantidad de perros que tenía Curly. Recordamos claramente cocker spaniels, chihuahuas diminutos e histéricos, un gran boxer imponente y, en los últimos años, dos collies, Lady y Salty. Algunos ladraban hasta desgañitarse, otros mordían y daban tarascones. Todos eran perros de un hombre solo y amaban sólo a Curly. Al tratar de explicar a Curly y sus muchos perros, mi hermano Paul decía: Había una conexión directa entre Curly y sus numerosos perros y Curly y las mujeres. Una mujer era un ser complicado, difícil de entender, difícil de complacer y de serle fiel. Un compañero canino, en cambio, tenía exigencias mínimas. Siempre era afectuoso, costaba muy poco mantenerlo y era leal. Los autos eran decididamente la prioridad número dos de Curly. Desde que tengo uso de razón, recuerdo el amor de mi tío por los autos. Cuanto más grandes, brillantes y nuevos, mejor. El que mejor recuerdo de los años '40 era un Buick convertible brillante, rojo tomate y, ¡Oh, cómo amaba aquel coche!".

(JOAN HOWARD MAURER, HIJA DE MOE Y SOBRINA DE CURLY)


* Cuando "Woman Haters" fue originalmente estrenada, Marjorie White (la rubia protagonista) recibió el primer lugar en la cartelera sobre los Chiflados, quienes fueron acreditados como "Jerry Howard, Larry Fine and Moe Howard". White murió en un accidente automovilístico poco después de terminada la producción.

* La hija de Moe, Joan, y la hija de Larry, Phyllis, aparecen juntas en la secuencia de la rayuela de "Pop Goes the Easel". Fue la única vez que las dos niñas aparecieron con sus padres en una comedia chiflada.

* En "Pardon my Scotch", en la escena en que Curly está cortando con una sierra una madera que está apoyada en la mesa en la que Moe está parado, y por ende cortando también la mesa, la caída de éste es real, no se usó ningún doble. Caída que le causó rotura de costillas, sin embargó Moe (fiel a su profesionalismo) continuó la escena hasta el corte, en el que fue atendido.

* La esposa de Moe, Helen, escribió el perfil de la clásica comedia chiflada "Hoi Polloi". Como compensación, Columbia le ofreció dos opciones: un pago de 50 dólares o crédito en pantalla. Ella eligió la retribución económica.

* En "Disorder in the Court" en una escena en la que se enfoca al público que asiste al juicio, aparece Solomon Horwitz, el padre de Moe, Curly y Shemp.

* Cuando Curly menea las orejas en "Cookoo Cavaliers", esto fue realizado gracias a hilos invisibles (un gag que Stan Laurel usó muchas veces).

* El gag de la ostra que Curly ejecuta en "Dutiful but Dumb" también fue usado por Lou Costello en dos películas y en un capítulo de TV del Show de Abbott y Costello, llamado "Hambre".

* En "Some More of Samoa", en la escena en la que los Chiflados están en su consultorio, el súbito crecimiento de Curly (causado por una inyección de la vitamina P.D.Q.) fue realizado vistiéndolo con pantalones largos y levantándolo con un gato desde el piso.

* En "Heavenly Daze", Shemp muere y vuelve a la Tierra para reformar a Moe y a Larry, quienes han inventado una batidora con una pluma fuente que escribe sobre crema batida. En un momento dado, la batidora funciona mal y la pluma sale disparada de punta hacia la frente de Larry, que reacciona con una mueca de dolor. Esto no fue ningún truco y el accidente ocurrió de veras. Luego del corte, Moe increpó al director Jules White, quien antes había asegurado que la toma no presentaba ningún riesgo para los actores.

* En "The Ghost Talks", un compresor de aire le hace levantar el pelo a Moe, dando la impresión de susto.

* En "Rusty Romeos", remake con Joe del corto de Shemp "Corny Casanovas", se utilizó mucho metraje viejo de ese filme. Si aguzas la vista, cuando los Chiflados cada uno por su lado visitan a la misma novia, ¡se puede observar el portarretrato de Shemp en el departamento!

* Una escena del filme "The Three Stooges Meet Hercules" muestra a los Chiflados corriendo y saltando a una carroza en movimiento. Fue durante esta escena, en la primera toma, que Larry Fine perdió su asidero y cayó, arrastrando a Curly-Joe con él. Joe DeRita aterrizó encima de Larry y lo golpeó, dejándolo inconsciente. Larry fue llevado de prisa al hospital, donde una serie de estudios revelaron que tenía diabetes, una enfermedad que tuvo por el resto de su vida.

* El título del filme "The Outlaws is Coming!" se inspiró en la campaña de promoción de la película Universal de Hitchcock The Birds ("The Birds' Is Coming!").

* Una historia que Emil Sitka (actor secundario que trabajó mucho con los Chiflados) contaba acerca de All Gummed Up (1947) involucra una escena cercana al final donde los Chiflados y Christine McIntyre comen una torta cubierta por accidente con goma de mascar en lugar de malvaviscos blandos. Cuando ellos intentan comer, engullen la goma e inadvertidamente empiezan a inflar globos. Emil no está en la escena pero estuvo presente cuando el utilero trajo el falso "chicle globo"' que ellos iban a usar para inflar las burbujas - excepto que ésta no era utilería especial, sino que ¡eran condones! El departamento de utilería de Columbia efectivamente usaba condones cuando ellos necesitaban que un personaje inflara un globo de goma de mascar. Después de todo es un buen globo de látex con una amplia abertura que podía ser sostenido fácilmente en frente de la boca. La próxima vez que veas este film, chequéalo - las burbujas no explotan y colapsan sino se vuelven a la boca y desaparecen. Sin embargo, de acuerdo a Emil, "Christine McIntyre causó un revuelo cuando Jules White (el director) le dijo que iba a inflar un profiláctico en vez de chicle globo en la escena de la torta al final del film. Ella estaba horrorizada de saber que el chicle globo eran realmente condones."

* Como último detalle, Moe portaba siempre un libro donde anotaba la cantidad de golpes, accidentes o de ciertos recursos que se registraban en cada episodio de la serie. Entre los récords que reflejan esas viejas paginitas amarillentas figuran los 94 golpes de puño que se reparten durante 16 minutos en el corto "Punch Drunks" y los 61 piquetes de ojo que Larry y Curly le propinaron a Moe, a modo de revancha en el festejo que las autoridades de Columbia les organizaron en 1943 por el éxito de la chifladura, en un restaurante de Los Ángeles. "Aprovechen, que mañana se vuelve a encender la cámara y cada uno vuelve a su lugar" habría desafiado Moe. La comedia violenta despertaba, a menudo, las quejas y chirridos de su madre, una mujer de carácter y personalidad fuerte e incapaz de aceptar la profesión de sus hijos.


* Cabe destacar que los Tres Chiflados tuvieron gran éxito mundial, pero nunca recibieron un aumento en Columbia: cuando firmaron con el estudio en 1934, cada miembro (Moe, Larry, y Curly) hizo alrededor de 20.000 dólares al año. Veinticuatro años más tarde, después de casi 200 películas, el salario de los Chiflados seguía siendo el mismo.

































martes, 7 de julio de 2009

Haciendo leña del árbol caído: Buracán SUB-campeón

Bancarse ser segundo, también es ser campeón...


























miércoles, 24 de junio de 2009

Licor Baileys

Baileys Irish Cream (Crema Irlandesa Baileys), es un licor basado en whisky irlandés y crema de leche, fabricado por R. A. Bailey & Co. de Dublín, Irlanda. La marca es actualmente propiedad de Diageo.

Según se indica, su contenido alcohólico es de un 17% del volúmen.

Introducido en 1974, Baileys fue el primer licor de crema Irlandesa en el mercado. Actualmente el número de licores de este tipo ha ido en aumento.


Fabricación:

Baileys fue el primer licor en combinar crema y alcohol de una manera lo suficientemente estable que permitiera su comercialización. El whisky y la crema son homogeneizados, a fin de formar una emulsión, con la ayuda de un emulsionador que contiene aceite vegetal refinado. Este proceso previene la separación del whisky y la crema durante su almacenaje. La cantidad del resto de los ingredientes usados no es conocida, pero incluye: chocolate, vainilla, caramelo y azúcar.

Según el fabricante, no se utilizan conservantes, el whisky es suficiente para conservar la crema.

La crema utilizada en este trago viene de Avonmore Waterford Plc, una lechería cooperativa ubicada a unos 112 Km fuera de Dublín. Se utilizan más de 4 millones de litros de crema irlandesa para la producción de Baileys, lo que representa el 4.3% del total de producción lechera de Irlanda.

Según el fabricante, el licor tiene una vida útil de 24 meses y debe ser almacenado entre 0 y 25 grados Centígrados, o 32 y 77 grados Fahrenheit.



Bebidas:

La crema Irlandesa puede beberse sola con hielo o como parte de un cóctel. También es común tomarlo con café en lugar de crema. El café Baileys se sirve utilizando una medida de Baileys en una taza con café y cubierto con crema.

Al igual que la leche, la crema se cortaría al entrar en contacto con un elemento ácido. La crema y la leche contienen caseína, la cual coagula al ser mezclada con ácidos como el limón o agua tónica. Aunque esto muchas veces es indeseable, en muchos cocteles se busca especialmente provocar la coagulación.






Irish Cream:
40% de Baileys
60 % de helado de vainilla o crema americana y a licuar!
Servir lentamente en copa margarita.

Cerebro de Mono:
1/3 Vodka
1/3 Granadina
1/3 Baileys

Milk Shake:
Hielo hielo y mas hielo a la licuadora =)
2 onzas de Baileys
2 de leche condensada
1 de licor de chocolate
Agregar algo de chocolate rayado, y/o canela.















lunes, 22 de junio de 2009

LOS SIMPSONS - Sólo se muda dos veces

Capítulo de la 8va temporada, en la que aparece para muchos el mejor personaje secundario de los Simpsons: Hank Scorpio. Un terrorista, dueño de GLOBEX Corporation.

Uno de los mejores episodios. Sin ninguna duda.

































jueves, 4 de junio de 2009

53 cosas acerca de mi.

1.Nombre completo: Ariel Horacio Alvarez

2.Nací un: Martes 12/6/1984

3.Signo: Géminis, rata en el horóscopo chino.

4.Altura: 1.80/1 (hace rato que no me mido)

5.Peso: Entre 68 y 69 kgs. aproximadamente, gramos mas... gramos menos

6.Mi color de pelo es castaño con algunos reflejos rojizos.

7.Mis ojos son de color marrón.

8.AMO comer
provoleta.

9.Soy hincha de
San Lorenzo de Almagro.

10.Thierry Henry, Slash, Andrés Calamaro, Diego Capusotto, Roberto Gómez Bolaños, Johnny Depp, Jim Carrey, Rowan Atkinson, son algunas de las personas que admiro.

11.El joven manos de tijeras y Terminator 2 son películas que NUNCA me cansaria de ver.

12.No son horas, Buena suerte, Paloma (Andrés Calamaro), Mr. Brownstone, Locomotive, November rain, Rocket Queen, Coma (Guns N' Roses), Crazy (Aerosmith), Wish you were here (Pink Floyd), Sunshower (Chris Cornell), Call me a dog (Temple of the dog), Interstate love song (Stone Temple Pilots), Under the bridge (Red Hot Chili Peppers), El tiempo dirá, Engánchate conmigo (Los Rodríguez), Don't speak, Running (No Doubt)...
son algunas de mis canciones favoritas entre otras.


13.AMO a Gwen Stefani.

14.Cd de musica favorito: Appetite for Destruction (Guns N' Roses)

15.Un color: Azul.

16.Manías: Estar siempre peinado.

17.AMO el lemon pie.

18.Odio la rutina.

19.Odio tener que levantarme temprano para trabajar.

20.Me encanta el Nutella.

21.Mi número favorito es el 13.

22.No cambio por nada del mundo una sobremesa con mis amigos.

23."Some things could be better if we'd all just let them be"
(Algunas cosas podrían ser mejor, solo si las dejáramos ser)

24.Un pintor: Pablo Picasso.

25."Victoria concordia crescit" (La victoria nace de la armonía)

26.Odio que me despeinen y/o me toquen el pelo.

27.Me gusta cantar.

28.Amo las Pringles.

29.Me encanta comer chocolates, soy muuuuy chocolatero.

30.Me siento raro si no tengo mis anillos. Tengo 3 en cada mano.

31.Tengo 3 tatuajes y voy por más =)

32.No suelo tomar alcohol. Pero cada tanto me gusta hacerlo. Cerveza, rondas de tequila, y algun trago con Bayley's y helado.

33.Amo el frío, por lo tanto ODIO el verano.

34.No miro programas de Televisión. Sólo los partidos de fútbol.

35.Disfruto ver las series y/o dibujos animados que miraba cuando era chico: Thundercats, Halcones Galácticos, La Pantera Rosa, El Inspector, La hormiga y el Oso hormiguero, el Coyote y el Correcaminos, La serie de Batman de los '60, Los autos locos, Droopy, Sledge Hammer (Martillo Hammer), el Súper Agente 86, Hijitus, El inspector Gadget, Bumpety Boo, los Pitufos...

36.Cada vez que voy a comer helado me gana la tentación y termino pidiendo siempre los mismos gustos: Chocolate marroc, coco, crema moka (café), mousse de limón.

37.Me encanta dibujar, pero ya no me acuerdo cuando fue la última vez que lo hice.

38.Nunca vi Matrix, ni Star Wars, y? Tampoco pienso verlas.

39."La vida es una cárcel con las puertas abiertas"

40.Rara vez hago la cama.

41.Puedo cambiar de estado de ánimo en cuestión de instantes.

42.Extraño a mi perro, mi gato y mi abuela. Aunque en aquel momento me contuve el llanto para con los 3.

43.Tengo mucha paciencia.

44."No one needs the sorrow, no one needs the pain" (Nadie necesita de la tristeza, nadie necesita el dolor)

45.Me la paso escuchando música. De hecho, siempre que me acuesto pongo música hasta que me quedo completamente dormido.

46.Perfume que uso: Escape (Calvin Klein)

47.El Guasón es mi villano favorito.

48.Me gusta cocinar.

49.Le tengo más miedo a la soledad que a la muerte.

50.No fumo y no me gusta que fumen sin preguntarme si me molesta que lo hagan.

51.Soy comprador compulsivo.

52.Amo ir a los recitales.

53."If love is blind i guess I'll buy myself a cane" (Si el amor es ciego creo que mejor me voy a comprar un bastón)
















martes, 2 de junio de 2009

El entierro prematuro - Edgar Allan Poe

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso "dolor agradable" ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables. He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre individualmente y nunca en masa!Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma? Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos entierros. Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos -abogado eminente y miembro del Congreso- fue atacada por una repentina e inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los médicos. Después de padecer mucho murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad no había motivos para hacerlo, de que no estaba verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición.

La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta.

Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que había revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la escalera que descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.

En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o periodista de París. Su talento y su amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se había enamorado realmente de él, pero el orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio, sin embargo, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a pegarle. Después de pasar unos años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal. Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de desenterrar el cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos conocimientos médicos. En resumen, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón no era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias y el largo período transcurrido habían abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del marido.

La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que presenta las mismas características.

Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes. Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.

Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre. Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y con frases inconexas relató sus agonías en la tumba.

Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación. Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería de los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.

La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda impresión en todas partes, donde era tema de conversación.

El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización para un examen postmórtem (autopsia), pero éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano de un hospital privado.

Al practicársele una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.

Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al fin, proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo.

Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquellos y su extasiado asombro.

El dato más espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta cuando cayó desmayado en el piso del hospital. "Estoy vivo", fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro.

Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas. La sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés profundo, interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal..

Durante varios años sufrí ataques de ese extraño trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una especie de exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen más minucioso y las pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta. Por regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.

Mi propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta, cansada, alegre volvía a mí la luz del alma. Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar en seguida el uso completo de mis facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta suspensión.

En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de "gusanos, de tumbas, de epitafios". Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando las tétricas tinieblas se extendían sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral idea. De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance cataléptico de más duración y profundidad que lo normal. De repente una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: "¡Levántate!"

Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil, intentando ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:

-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?

-¿Y tú - pregunté- quién eres?

-No tengo nombre en las regiones donde habito -replicó la voz tristemente-. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor?... ¡Mira!

Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome la muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus más escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos millones, eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba:

-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?

Pero, antes de que encontrara palabras para contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas salía un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: "¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo lastimoso?"

Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente. Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se extendía hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de hierro. También estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas!

Llegó una época -como me había ocurrido antes a menudo- en que me encontré emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; después, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado; e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me estoy despertando de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi espíritu estremecido.

Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que era seguro. La desesperación -tal como ninguna otra clase de desdicha produce-, sólo la desesperación me empujó, después de una profunda duda, a abrir mis pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la situación crítica de mi trastorno había pasado. Sabía que había recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que dura para siempre.

Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil. El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ataúd.

Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba común y anónima.

Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agonía resonó en los recintos de la noche subterránea.

-Oye, oye, ¿qué es eso? -dijo una áspera voz, como respuesta.

-¿Qué diablos pasa ahora? -dijo un segundo..

-¡Fuera de ahí! -dijo un tercero.

-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés? -dijo un cuarto.

Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de mi memoria.

Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión -pues no era ni un sueño ni una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga procedía el olor a tierra. La venda en torno a las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.

Las torturas que soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, increíblemente espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provocó en mi espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros. Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan. No leí más pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catalépticos, de los cuales quizá fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles que duerman, o pereceremos.














viernes, 24 de abril de 2009

SOUTH PARK - El atrapador

Después de muuucho tiempo sin subir nada, acá dejo un capítulo que pertenece a la 4ta temporada de la serie.

Saludos!